De Lima a Limón

Crítica – cítrica


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La cocina de la Moncloa.

Hoy estrenamos una nueva sección en el blog, reseñas gastronómicas… abrimos horizontes, salimos de los restaurantes y nos acercamos al maravilloso mundo de los libros y el cine. Para empezar, arrancamos con un título de altura: La Cocina de la Moncloa, de Julio González Buitrago.

(ALERTA, ALERTA) Esta reseña tiene mogollón spoilers. No llegan al nivel de el barco se hunde del Titanic, pero se quedan cerca.

El amigo Julio ha sido jefe de cocina de La Moncloa durante 32 años, ha tenido que aturar a cinco presidentes y a sus familias, esto así contado puede parecer fácil, pero una vez que lees el libro te parece que, en comparación, la esferificación de parmesano de Master Chef es una chorrada. El caso es que después de tanto tiempo, y una vez que ha soltado el mandil, el buen hombre ha decidido que tenía una vida que contar y ha escrito un libro.

No podemos negar que el Cocinero es un buen tipo, consigue hablar bien de todo el mundo (aunque a veces se nota que le cuesta) las exigencias de Ana Botella las llevaba mal, y el “extremo sanismo” de Sonsoles Espinosa creo que lo llevaba aún peor. Este hombre y las dietas, las carnes a la plancha y eso de que no le dejen lucirse en la repostería, porque nada mejor que un buen kiwi, no lo terminaba de entender.

Al principio nos cuenta su vida, sus periplos desde su pueblo toledano de Sotillo de las Palomas en Talavera de la Reina hasta la capital y su paso por chopocientos restaurantes. Que el hombre tiene pasión por la cocina es un hecho, se desprende de cada una de las palabras que escribe, de eso y de que parece que como le gustaba tanto lo de cogerse días libres era un lujo totalmente prescindible. Así le agradece tanto a su mujer… esa señora es una santa!

Después llega a La Moncloa, un poco de rebote, quizá como todos los que acaban allí en algún momento. Y nos empieza a contar los ajetreos, la coordinación con la Zarzuela porque qué va a ser esto de que te den de comer y de cenar perdices que lo de ser felices sí, pero lo de la variedad de la dieta es algo indiscutible y… por fin, entre batallita y receta de pularda, llega la parte interesante, los marujeos de los expresidentes.

Todo tiene un airecillo rancio, no nos vamos a engañar. El marido dirige el país y la mujer dirige la casa, coordina los menús, elige los manteles… todo hasta que llegó Carmen Romero, la mujer de Felipe González que decidió que ella no dejaba el instituto por nada del mundo y que ya que estaba, casi que se preparaba las oposiciones y claro, eso no da para andar eligiendo entre pasteles de carabinero o alcachofas rellenas.

Entre mis anécdotas favoritas, la del Rey (viejo) con antojo de huevos fritos con patatas y vino peleón y el drama del cocinero preocupado por si en las bodegas del Palacio habría una botella que mereciera ese calificativo. La imagen de Zapatero comiendo almendras fritas a todas horas de botes desperdigados por todas las instancias. La de Aznar adicto perdido al helado de café “jaguendás” o la de Felipe robándoles la cocina para hacer dentones al horno.

Otro de los grandes dramas lo protagonizó Ana Botella que llegó a despedir a un cocinero por emperrarse en hacer arroz a banda con cebolla, eso y ya la famosa tortilla cuajada con patata crujiente. Los imposibles culinarios para la reina de las peras y las manzanas no existen.

Otra fantástica, la de Helmut Kohl cambiando su plato por la fuente de leche frita y las montañas de comida que prepararon para que no acabase como en su última visita, haciendo una parada en el casa Labra para comerse un cocido antes de meterse en la cama.

En resumen, un libro con anécdotas graciosas que nos hablan de la historia de nuestro país, recetas grandilocuentes pero no imposibles de hacer, donde las niñas son buenas y cariñosas y los niños… los niños están ahí y el pollo es un animal en extinción. Larga vida a la pularda!

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San Xoán, noite de meigas.

Hoy nos ponemos místicos para hablar de una de las noches más mágicas del año en Galicia, la noche de San Juan. Sólo hay una forma de aclararse con la fecha exacta y es decir que sucede durante la madrugada del 23 al 24 de junio, algo así como el cambio de hora cuando nos dicen que a las dos serán las tres. Una fiesta pagana que viene de mucho antes de que llegase el cristianismo y que celebra el solsticio de verano, la noche más corta del año. (Más o menos porque ya se sabe que estas cosas van cambiando con los años y sólo se repiten cada no sé cuántos mil años).

Esa noche, a las doce, se encienden millones de hogueras por toda la geografía gallega. Muchas de ellas en la playa, pero no sólo. Cada grupo la hace donde puede, siempre y cuando esté controlado. En las casas se aprovecha para limpiar los rastrojos, los estudiantes que ya tienen vacaciones aprovechan para quemar sus apuntes y el público en general se dedica a quemar papelitos donde anotan sus deseos. El fuego como señal de purificación y, sobre todo, como buena excusa para pasarlo bien.

Una vez que la hoguera se ha consumido un poquito empieza otra tradición, la de saltarla… Esto de la percepción del riesgo varía bastante en función del nivel de alcohol en sangre, tened cuidado, no sea que la Queimada nos lleve a una buena Quemadura. Para ahuyentar a todos los malos espíritus la tradición cuenta que hay que saltar la hoguera nueve veces, vamos, que se van los espíritus y te coges un buen mareo. Hay grandes profesionales de este asunto, reiros vosotros de los cortadores de troncos de Euskadi.

Hay algo que no puede faltar al lado de la hoguera y son las sardinas a la brasa, a ser posible sobre pan de millo. Lo del precio de las sardinas es desproporcionado, pasan de costar unos cuatro euros el kilo a llegar casi a los 20 en un par de semanas. Sardinas a precio de marisco del bueno en nombre de la tradición. Se asan enteras, con su tripa, escamas y espinas y se dejan sobre el pan para que suelten juguillo. La forma de comerlas es con la mano, y sí, de todo menos limpio pero saben el doble de ricas. Por cierto, la sardina está rica, pero lo que realmente es espectacular, es el pan empapado del juguito.

Hay varios puntos neurálgicos en esto de San Juan, uno está en Panxón y el otro en A Coruña donde son fiestas de interés Turístico Nacional. Esos farolillos cargados de deseos bien lo merecen.

Pero las tradiciones no se acaban ahí. Esa noche es mágica y se le saca jugo como si de un limón se tratase. En muchas partes de Galicia se hace agua de San Juan, aunque, en teoría tiene receta, en realidad se recolectan pétalos de flores y plantas aromáticas que se tengan a mano y se echan en un caldero con agua durante toda la noche. A la mañana siguiente te bañas con ella, o como mínimo, te lavas la cara y estás libre de malos espíritus hasta el año que viene.

Otra de las variedades consiste en echar la clara de un huevo en un vaso con agua y dejarlo a la luz de la luna, a la mañana siguiente, como si fueran posos de café pero en una versión mucho más romántica, la forma de la clara te dice tu futuro, según algunos en forma de marido, según otros en general… Se han visto escorpiones, barcos, sombreros. Pero vaya, esto es como las nubes, todo depende de la imaginación que le eches al cazo.

Esta noche imposible que no te toque una hoguera cerca, esa noche el aire huele a humo y transporta “muxicas” una de esas palabras que no tienen traducción al castellano. Así que dos consejos, no dejes ropa tendida y no te resistas, baja a la calle, en San Juan siempre pasan cosas. Ya sólo quedan 364 días para la próxima… empieza la cuenta atrás.


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Escapada limonera a los Cristianos (Tenerife)

Visitar amigos es algo que siempre vale la pena estén donde estén, pero hombre… si están en Tenerife, como que el aliciente es siempre un poco mayor. Así que aprovechando uno de los bonitos puentes del mes de mayo nos cogimos un vuelo Ryanair hasta la isla y saldamos la deuda de nuestra visita pendiente. (Si es que te somos de un sacrificado….)

Nuestros amigos limoneros viven en Los Cristianos, al sur de la isla. Pese a eso y, por necesidades del guión, volamos a Tenerife Norte, las distancias en las islas son una cosa bastante relativa, léase, el aeropuerto está lejíiiiisimos, pero del norte al sur se tarda poco más de una hora. La misma hora que se tarda en llegar a Barajas desde el centro de Madrid.

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Volar con Ryanair tiene sus cosas, la primera es la psicosis que crean con la maleta, tienen unos cajetines miniatúricos donde tiene que caber la maleta. La mayoría de las maletas que nos venden como equipaje de mano, no caben y se traduce en que te facturan la maleta y te cobran unos 40 euros de castigo (allá fue todo el ahorro). Eso hace que en la cola de embarque la gente esté nerviosa y vestida como si fuera a volar al polo. Con toda cuanta ropa le cabe encima.

Una vez que superas este drama llega el espectáculo, Ryanair es lo más parecido que hay a la teletienda en aerolíneas, no callan durante todo el vuelo (excepto en las horas legales de silencio) y te venden de todo: Rascas y ganas y calendarios benéficos, perfumes, regalos, comida… pero te lo venden en modo mercadillo “Mary, que me lo quitan de las manos”. En el último vuelo el azafato llegó a decir compren la lotería, ganen y den la vuelta al mundo y si no tienen con quien ir, llévenme a mi. Pues así todo.

Aunque lo mejor sin duda es la trompetilla que significa que han llegado a tiempo. Eso y la puta manía de la gente de aplaudir al aterrizar como si durante el vuelo con tanto anuncio hubieran perdido la esperanza de llegar a tierra sanos y salvos.

El tema, que nos despistamos, Canarias es un lugar que no se vende todo lo bien que debería. Resumen todas sus lindezas en un sol y playa, que es verdad, pero no sólo. Canarias es un paraíso, lleno de naturaleza, de vida, de fiestas, de animales. Tenerife es el segundo mejor lugar del mundo para observación de cetáceos. Que haya tenido que ir allí para enterarme…

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La gastronomía canaria es otra gran desconocida, nop, los canarios no se alimentan en exclusiva de plátanos, aunque haya palmeras plataneras por doquier. Comen papitas arrugás con mojo picón verde y rojo, queso blanco a la plancha, croquetas de plátano… un mogollón de cosas ricas que, por desgracia, en los sitios tan turísticos como los Cristianos, no abundan. Está invadido de jubilados con pelo blanco y camisas de flores que se alimentan a base de “garlic bread y lasagna”.

Tenerife tiene un montón de influencia venezolana, eso hace que otro de sus platos típicos sean las arepas. Una delicia en versión fritanga. La Catirita es una de las areperas (que no areperías) más auténticas que podéis encontrar en Arona.  Tienen una carta inmensa.. aunque nuestra favorita fue la de carne mechada. La de chorizo perro (típico canario y similar a la sobrasada) y queso es imprescindible probarla… aunque ya os aviso que comeréis durante el resto del día, y la de guayaba y queso en forma de postre es deliciosa.

Tenerife

En el sur de la isla es donde está el mayor atractivo natural, el Teide, el pico más alto de España, y el tercer mayor volcán del mundo. De entrada puede parecer que un volcán tiene poco para ver… pero qué error!!! Es alucinante, el paisaje es muy diferente a cualquier cosa que hayas visto, entre otras cosas, porque a cada curva es diferente entre sí. El juego de la presión también es muy divertido, las bolsas al vacío se inflan al subir… y las botellas que has abierto en la cumbre se estrujan al bajar. Todo un juego científico para los que vayan con críos.

Y luego está la parte acuática, en términos de buceo es una gozada. Puedes encontrar tortugas, rayas y mil peces de colores.. y si coges un barco (unos 15 euros por persona) puedes hacer una excursión de dos horas para ver ballenas y delfines. No son enormes pero son igualmente bonitas e impresionantes.

Para la parte gastronómica mejor quedarse en Santa Cruz donde los autóctonos todavía deciden. Para todo lo demás cualquier parte de la isla tiene su encanto. Un paraíso natural donde, aunque parezca imposible, resulta super fácil escapar del turismo masificado y encontrar un rincón donde reconciliarte con el mundo.

 


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Cinco chinos limoneros.

Seguimos con la ronda recopilatoria de entradas… Hoy os hacemos una lista de los mejores restaurantes chinos que hemos visitado, desde los chinos chinos a los orientales en sentido amplio. Los mejores dumplings, los mejores rollitos, los mejores tallarines… en definitiva, un mundo limonero de ojos rasgados.

El puesto de honor se lo lleva el DON LAY… Uno de los chinos, chinos más chinos de Madrid. Famoso por sus dumplings caseros, por haber tenido medusa en la carta y por cocinar desde hace un montón de años Alta Cocina Cantonesa. Tienen carta, al medio día buffet libre y siempre menú degustación por 20€. Es recomendable ir en grupo, sentarse en una de sus mesas redondas giratorias y probar toda la carta.  Dos Limas que se llevaron.

Paseo de Extremadura, 30. Madrid.

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El segundo puesto es para EL CHINO DE PLAZA DE ESPAÑA… Otro chino, chino, escondido en un parking junto a la caseta del vigilante. Suena poco apetecible pero es delicioso. Eso sí, muy muy cutre. Su punto fuerte son las sopas y los tallarines, las verduras con las que los preparan marcan la diferencia. La verdad es que los dumplings no se quedan atrás. Una lima y media y la recomendación de coger la comida y llevártela, en los jardines de Plaza de España las cosas saben el doble de ricas.

Parking de plaza de España, Madrid.

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El tercer puesto es para LUOS… y su menú de 11 euros  que en su día le valieron las dos limas y media de Julio Embid.  Esta vez la comida es oriental fusionera, desde una tempura de berenjenas a un buey con verduras y curry. Los nombres suenan a más de lo mismo pero hacen cosas como echarle piñones al arroz… “ya tú sabes”.

c/ Andrés Mellado, 5. Madrid.

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El cuarto lugar lo comparten dos restaurantes con lima y media, el WEI en Las Tablas y el VICTORIA en Las Rosas. Ambos son restaurantes modernillos con comida china occidentalizada y bien cocinada. La parte del wok en el Wei la tienen muy dominada y el buey en salsa de naranja del Victoria es para no perdérselo. Ricos y fiables, si os pillan por la zona hacedles una visita.

WEI Calle de San Julián del Camino, 7 (Las Tablas) Madrid y VICTORIA: Avda. de Guadalajara, 36. Las Rosas, Madrid.

El quinto lugar se lo queda el BISHOKU, otro restaurante fusionero por la zona de Guzman el Bueno. Los primeros de fritanga (rollitos y wantones) no son nada del otro mundo pero los segundos son muy ricos, el curry de gambas (con su colita con cáscara y todo) especialmente. Un menú económico y diferente en una zona en que la variedad no abunda.

Paseo de San Francisco de Sales, 27,  Madrid


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Una docena de pistas para no acabar en un mal restaurante.

El mundillo gastronómico está lleno de trampas, lugares con aparente buena pinta, precios mucho mejores que la media y promesas de guinnes de los records que pueden acabar nublando nuestro instinto y causándonos más de una indigestión.

Hay quien ha nacido con el don de acertar, esa gente que vaya a donde vaya siempre acaba comiendo supermegabien y por cuatro duros, incluso aunque esté en el paseo marítimo de Benidorm. Otros no han nacido con esa estrella pero, amigos míos, todo se aprende y aunque siempre hay un riesgo de error, hoy os traemos una docena de pistas para no caer en un mal restaurante.

Después de casi un año pateándonos cientos de restaurantes de este bonito país y parte del extranjero con De Lima a Limón alguna buena conclusión teníamos que sacar y lo suyo es compartirla. Aquí están:

1. Huye de restaurantes con vinilos y colores chillones

Sí, sí, eso de colores fluorescentes que se ven desde el otro lado del pueblo, donde la ración de bravas tiene muy buena pinta el día uno y se va poniendo pálida hasta acabar con peor cara que los pollos del Simago.

Escapad de esos restaurantes. Si necesitan anunciarse tanto y tan visiblemente es que algo no va bien. Recordad, que los mejores sitios sobreviven con el mismo cartel de hace cien años y escondidos en las callejuelas más recónditas, por algo será.

2. Escapa de los multimenús

Elige entre 10 primeros y 10 segundos, esto nunca sale bien. Es imposible mantener un menú decente de más de cuatro opciones y ya hay que ser muy rarito para que no te valga ninguna de las que te pueden ofrecer.

En estos sitios te van a pasar dos cosas, la primera es que nunca les va a quedar de lo que pidas, ni aunque sea la una del mediodía, y la segunda es que lo que logres pedir va a venir revenido y recalentado. Por muy barato que sea… sé fuerte, no caigas.

3. No al festival de las ofertas y a los buffets libres

Vale la oferta del día, el menú del día o la especialidad recién traída del mercado pero no hablamos de esos sitios… hablamos de los bares donde ya casi no se ve el cristal de la cantidad de folios que tienen pegados. Donde elegir lo que quieres pedir es más difícil que ir al Telepizza con masas, salsas, ingredientes y complementos.

Si necesitan cubrirte a ofertas es que algo no va bien, o en condiciones normales te timan o es que están muy necesitados. (Ver punto 1)
Los buffets tampoco son buena opción, esos platos donde mezclas arroz, con fritos, con pizza con algo verde porque te sientes mal y, en general, todo es recalentado y nada está rico. Elige un buen menú, no saldrás rodando y todo estará mucho más bueno.

4. Escapa de locales vacíos

Por muy buena pinta que tenga si está vacío y no lo conoces, no entres. Si aún así tienes mucha fe en el local, date un paseo y vuelve media hora más tarde. Si sigue vacío… huye a tu segunda opción.

Nota: si el local tiene gente pero son abuelos jugando la partida y tomando carajillo y no ves restos de comida, no te hagas trampas al solitario, tampoco vale.

5. Alejate de zonas turísticas

La ambición de engañar al turista es algo universal, vayas al país que vayas, siempre hay algún hostelero dispuesto a aprovecharse de la cartera del amante de un día que nunca más va a volver. No piquemos, ahorrarnos este mal trago es muchas veces tan sencillo como cambiar de calle.

6. No te fíes de restaurantes temáticos

Irlandeses en Moratalaz, Gallegos en la Gran Vía o la cocina de la abuela en Castellana. Sí pequeños Sherlocks, algo de esto no encaja. Quizá os perdáis el mejor lacón con grelos de la historia pero lo más probable es que os ahorréis un disgusto.

7. Ni de gastrobares con aspiraciones

Espuma de mar con crujiente de alga y esencia de gamba en un menú de 11 euros tampoco es un buen indicador. Si queremos probar estas cosas mejor ahorramos durante seis meses y un día nos pegamos un homenaje con un menú degustación de un estrella Michelín. Tanta palabrería suele esconder un menú tan flojo como los productos de la teletienda.

8. No tengas piedad de la momia de merluza de la vitrina de la entrada

Clásico restaurante viejuno, con vitrina en la puerta llena de hielo y animales prehistóricos que saludan por el nombre a los viandantes. No tengáis piedad y no seáis benévolos. Esa merluza es el reflejo de todo lo que os vais a encontrar dentro. Palabra de limonero.

9. Si tienen Crujicroques o Paellador también puedes huir

Señal inequívoca, es como una cruz en la puerta. Corchopán recalentado a precio de oro pensado para el turista amor de un día… Ver punto 5.

10. Si Chicote entraría con un Kalashnikof, no entres

El amigo Alberto muchas veces es un poco exagerado en sus reacciones pero si lo piensas suele tener razón… antes de entrar en un restaurante nuevo piensa si te imaginas a Chicote en medio de las mesas con un fusil de asalto. Fíate de tu instinto, si te dice que puede ser así. Sal corriendo antes de que la salmonelosis sea más rápida que tú.

11. Si te persigue un tipo con el menú en la mano aunque sean las 11 de la mañana

Esta es una de esas reglas de tres inversas que nos enseñaban en el instituto… cuanto más me persigas para que entre, menos ganas me quedarán de entrar. Es como los que intentan ligar como si fueran antibióticos de amplio espectro. La desesperación no es buena amiga.

12. Di no a las franquicias, sobre todo si son estaciones de servicio

Y por último, un no rotundo a las franquicias, sobre todo a las de las áreas de servicio con el bocata arrojadizo de jamón y refresco por el inigualable precio de 9,90 euros.

Si aún después de todo no encuentras una opción mejor que un Burrikin o un Vips o te va la marcha… hay una cosa que tienen buena y hay que reconocérsela, estos no defraudan sabes a lo que vas y lo cumplen.

Buen provecho limoneros!

Republicado con permiso de Una Docena.com


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Algo más que comida… cinco restaurantes peculiares.

Ahora que la cebolla caramelizada nos ha invadido, que la “burrata” o su prima lejana aparece en las cartas como setas y que la carne de Kobe no es un secreto ni para el bar Manolo esto de diferenciarse está más complicado que nunca.

Los locales compiten por ser el más “cool“, el más “Kitsch” y el más “vintage“… atraer a hipsters, gastrohunters y demás fauna tiene su intrínguilis. Mi abuela siempre decía aquello de “si es que ya no tienen qué inventar” pero ya sabemos que es mentira, igual que todo puede ir a peor, Oh Señor Murphy ten piedad de nosotros, también sabemos que la capacidad de inventar y reinventar del ser humano es infinita.

Buena prueba de ello son los nuevos restaurantes que están surgiendo en el mundo mundial, incluso algunos de ellas ya han llegado hasta la Capitol City Española. Aquí va una lista de los cinco más peculiares… no están todos los que son pero sí son todos los que están.

Empezamos por los restaurantes en silencioEl primero que se ha dado a conocer está en Nueva York, la zona cero de la mayoría de estos experimentos. Se trata de un restaurante normal que una vez al mes organiza una comida en silencio, por 40 dólares el chef te sirve un menú cerrado de cuatro platos que espera que disfrutes con los cinco sentidos… nada de andar comentando con el compañero de mesa, como mucho… gestos.

La idea se le ocurrió al hombrecillo tras pasar una etapa con unos monjes budistas que tenían voto de silencio. Hay que reconocerle que tienen papeletas para que organicemos allí la próxima comida de navidad, os imagináis una reunión familiar sin gritos entre los cuñados?

Y en la línea del silencio surge este restaurante en Ámsterdam, donde sólo encuentras mesas de uno. Al parecer, la dueña estaba cansada de comer sola en restaurantes y sentirse un bicho raro… eso que los angloparlantes definen como la diferencia entre estar “alone” y sentirse “lonely” y lo solucionó tirando por el camino de en medio, creando un restaurante donde sólo hay mesas individuales.

Aquí comer cuesta 35 euros, y también te dan cuatro platos… lo que no nos queda claro es si está permitido hablar con el de la mesa de al lado. Yo ya me lo imagino, encuentras al amor de tu vida en la mesa de enfrente y nunca podréis hacer eso tan peliculero de volver al restaurante de la primera cita, al menos, no sentándoos en la misma mesa.

Otro de los restaurante peculiares son los nudistas, claro está que habiendo pueblos nudistas, tendría que haber restaurantes. Estos no tienen menú cerrado y los hay de todo tipo, lo único importante es que debes acordarte de llevar un pañuelo de seda para poder sentarte sobre él… la higiene ante todo. Eso y que, por el mismo motivo, los camareros son los únicos que tienen permitido ir vestidos.

Y como restaurantes curiosos tenemos los relacionados con las mascotas… desde los pet friendlys donde Boby es más que bienvenido e incluso recibe una galleta al nivel superior… los restaurantes para perros. El Belly Rub Cafe está en Kinston y fue montado por un veterinario que nunca llegó a ejercer porque después de haber terminado la carrera descubrió que tenía ailurofobia, que en cristiano viene a ser, tener un miedo irracional a los gatos. Muy lógico todo.

Pero lo importante, aquí los perros se sienten como reyes, camareros humanos les sirven e incluso beben en copas, lo mejor de todo es la programación de la tele del restaurante, desde Lassie a Rex pasando por Rin Tin Tin, héroes caninos de primer nivel.

Y rematamos con el nuevo furor japonés, que se extendió a las américas y ha llegado hasta Madrid, las Gatotecas, o los Cat Café. Un lugar donde pagas entrada y tienes derecho a una consumición y a adoptar a un gato un ratito… acariciarlo y darle de comer.

La idea viene de que en japón lo de tener mascotas en casa no es tan sencillo así que crearon estos lugares donde podías compartir un animalillo… Qué queréis que os diga, la idea de esos pobres bichos sobados y cebados a mí, me da que pensar. Todo sea por copar un nicho de mercado… y arañar unos clientes. Mau!

Delima


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Buscando el #Mejor Cocido de Madrid (2ª parte)

Esto de buscar cocidos tiene su complejidad, es uno de esos mundos donde el universo se divide en dos: los cocidos en menú del día y los menús de cocidos. En los primeros la broma ronda los 10 euros (excepto en el Por fin que está en 7) y en los menús de cocido (como en la Taberna de Daniela) donde es difícil que el plato, sólo el plato, baje de 25 euros. Confieso que esa diferencia me duele, es verdad que la materia prima es mejor, que el servicio será más remilgado, que hay más cabezas de toros en las paredes… pero, me cuesta.

Hoy hacemos una entrada conjunta y hablamos de dos sitios de cocido madrileño clásicos: Los Galayos y la Gran Tasca.

Los Galayos está en un lateral de la Plaza Mayor, probablemente, si no fuera porque está dentro de La Ruta del Cocido ( que acabó el 31 de marzo) nunca hubiéramos llegado a él. Ya sabéis lo que pasa con estas ubicaciones tan céntricas, muchas veces no se sabe si suman o restan…

El local es inmenso, con un toque clásico pero sin ser demasiado rancio. Tienen una terraza cubierta con una lona, una barra generosa y un par de salones aún más grandes. Hacerte con la cara de los camareros roza lo imposible, son un montón y están tan bien coordinados que uno se lleva el plato, medio minuto después tienes uno limpio sobre el mantel y no sabes si ha sido el mismo u otro.

El cocido estaba rico, pero era escaso… y que un cocido sea escaso es un pecado mortal,cuando uno va a comer este plato, inevitablemente, se ve poseído por el espíritu de Obelix… La sopa viene servida en un cuenco, está muy rica, pero echas de menos la sopera en el centro, la carne y los garbanzos los sirven en una olla de barro, perfecta para mantener el calor y subir la expectación… el fiasco viene cuando la abres y ves que hay un minitrocito de cada cosa para cada uno. Esto de que el chorizo tenga el grosor de un dedo me mata.

El servicio, las aceitunas y las guindillas, el orujo con albaricoques del final y la buenísima pinta que tenía el menú especial de cochinillo (30€) de la mesa de al lado les vale una lima, el cocido se lleva un limón.

Los Galayos

La Gran Tasca es otro de los clásicos, está muy cerquita de Cuatro Caminos y es un local rancio a más no poder. Las paredes están llenas de cabezas de toro, banderillas, y fotos de famosos firmadas entre los que destaca Alfredo Landa. Eso sí, permiten sobremesas tranquilas hasta las 6 de la tarde, lo cual es un punto. El Cocido (25€) es infinitamente mejor que el de los Galayos, de hecho, si no fuera porque vino frío y los fideos de la sopa estaban blandurrios sería realmente espectacular.

Cuando el camarero trajo la bandeja del cocido (75 cm de largo para tres personas) lo definió a la perfección, “aquí lo único que hay pequeño soy yo, hasta cuando traemos el chupito dejamos la botella.” Esta gente sí que ha entendido bien el Momento Obelix.

El plato trae de todo, costilla, morcilla, morcilla de cebolla, un buen trozo de chorizo, jarrete, gallina… Buena dosis de garbanzos, patatas buenas y zanahoria en su punto… ya os digo que la única pena es que venía templado y al segundo trozo, el tema estaba más frío de lo que nos gustaría. Un cocido de dos limas y una siesta que se queda en lima y media. Irremediablemente… habrá que seguir buscando.

La Gran Tasca