De Lima a Limón

Crítica – cítrica


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LAS PALMERAS, cena tradicional de Ramadán marroquí por 5 euros (Madrid)

¡Creyentes! Se os ha prescrito el ayuno al igual que se les prescribió a los que os precedieron. ¡Ojalá tengáis temor (de Allah)! (Aleya 183, Sura de la Vaca, Sagrado Corán)

El pasado 9 de julio comenzó el mes sagrado de Ramadán para los musulmanes. Un mes lunar durante el cual se cumple uno de los Cinco Pilares del Islam: el ayuno. El ayuno es la abstención de consumir o ingerir cualquier tipo de alimento, desde el amanecer hasta el ocaso, como forma de adoración a Allah. Sin embargo cuando cae la noche, y la luna se alza sobre el cielo, es hora de atacar el plato y saciarse, y por la mañana madrugar y prepararse un desayuno fuerte tan tarde como sea posible antes de que amanezca. Si hablamos de Ramadán e Islam en Madrid, tenemos que hablar del barrio de Lavapiés.

En el barrio de Lavapiés podemos encontrar múltiples restaurantes de comida internacional: hindúes, tailandeses, senegaleses o asturianos, pero puesto que existe una gran comunidad local magrebí, hay más de una decena de restaurantes de comida árabe-magrebí. La comida magrebí norteafricana comparte con el resto de cocinas mediterráneas una serie de alimentos (verduras, tomate, lechuga, cordero, pollo, olivas, fruta fresca, frutos secos o miel) pero su preparación nos puede sorprender gratamente por su sabor especiado y la delicadeza de sus platos.

En la parte baja de Lavapiés, cerca de la Glorieta de Embajadores se encuentra la Tetería-Restaurante Las Palmeras y como decía uno de los anteriores post hay un método infalible para saber si un restaurante de comida internacional conserva su esencia: medir el número de locales que pasan por allí habitualmente. Podemos encontrarnos el bar lleno y ser los únicos que hablan en castellano, pero eso no debe desanimarnos a la hora de probar la carta y disfrutar de un plato, al contrario.

tetería

El restaurante es espacioso y limpio, con taburetes y bancos acolchados y música árabe muy bajita, que permite hablar a los comensales. De fondo suele estar puesta la televisión marroquí sin sonido donde en el mapa del tiempo se incluye sin pudor el Sahara Occidental y las Islas Canarias, pero eso es harina de otro costal.

En la carta podemos encontrar lo típico de la comida marroquí: cuscus de verduras o con carne, tajiné de cordero o la tradicional pastela de pollo. También podemos encontrar una buena variedad de tés y cachimbas por si queremos pasar una sobremesa sin llenarnos. Sin embargo en Ramadán lo suyo es pedir el menú de cena de Ramadán que cuesta tan solo cinco euros.

La cena de Ramadán es un combo que incluye en la misma bandeja un generoso plato de harira (sopa de tomate, carne y lentejas), un huevo duro (así sin más), un plato de pan de pollo (una especie de empanada de pollo fina, cortada en tiras), cinco dátiles, un vaso de leche, un botellín de agua, un vaso grande de batido natural de fresa (¡pero el vaso era de Mahou!) y una especie de churro frito enrollado con miel. Todo en la misma bandeja en platitos y como único cubierto una cuchara.

Las bandejas iban que volaban y es que la variedad del surtido daba lugar a una cena muy sabrosa y nutritiva por un precio muy asequible. Los camareros muy amables, a pesar de su castellano un poco limitado, pero si recuerdas decir shukran (gracias) cuando te sirven la bandeja, sonreirán agradecidos a tu detalle.

Muy recomendable para la gente que vive en el centro, que le guste probar nuevas cosas y que no quiera rascarse en exceso el bolsillo. Cenar por cinco euros en el centro es posible y la comida árabe es mucho más que el cuscus y el dürum de pollo con queso y salsas. Por la limpieza, el sabor de la comida y el precio de 5 euros, le podríamos dar una lima y un dátil.

Tetería-Restaurante Árabe Las Palmeras: Calle Mesón de Paredes, 76. Madrid

Horario de Ramadán de 19,00 a 2,00 todos los días.


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A LA NAVARRA… sabe mejor.

La semana pasada apareció un mensajero por casa, traía una caja de folios requetenvuelta  en cinta de embalar. No tenía ni idea de qué podía contener, ni siquiera de quién lo podía enviar… Tanto bite y afterbite está muy bien, pero hay pocas cosas que molen más en estos tiempos que recibir un buen paquete al estilo clásico.

Lo cierto es que si ya estaba contenta, mi cara al ver lo que había dentro debió ser un espectáculo… El paquete venía de Navarra y nuestro amigo nos mandaba lo mejor de su tierra: espárragos blancos, txistorra y queso idiazabal. Además en formato previsor, envasado al vacío… Como si no conociera a las limas que iba destinadas.

Una de productos navarros

Si los paquetes son guays, los paquetes con comida son lo mejor del mundo… Preguntadle a quien hizo la mili qué sentía cuando su madre le mandaba los chorizos o a quienes se fueron del país y temían que el paquete no pasase la frontera y se lo zampasen los de aduanas.

Pero vayamos al tema que nos perdemos contando batallitas… los espárragos blancos frescos son una pasada, cocerlos tiene un punto de engorro y lograr el equilibrio perfecto entre sal y azúcar puede rozar el malabarismo pero en el primer mordisco todos los problemas se olvidan. Estamos ya a finales de temporada, según los entendidos, el mejor tiempo para comerlos va de marzo a abril aunque con este año de locos todo se ha trastocado. Son bichos curiosos, se empiezan a recoger a las 6 de la mañana, para que de tiempo a envasarlos en el mismo día y no pierdan el agua, supongo que secos no habrá quien se los coma.

El queso Idiazabal es otra pequeña joya, se produce en Euskadi y en Navarra con la leche de unas ovejas un tanto peculiares, las latxas. Cuentan que este queso es todo tradición, fijaos si lo tienen conseguido que llevan la friolera de 8.000 años haciéndolo. Como todo queso tienen mogollón de cosas buenas obvias, el calcio para los huesos, etc, etc, etc, pero este tiene algo especial, tiene propiedades anticaries, los ratones navarros deben tener los mejores dientes del mundo.

Cada zona tiene sus tesoros, la mejor cecina está en León, no hay mojama como la de Barbate, las anchoas son de Santoña… Pero es verdad que hay zonas que destacan y si hay una que compite por las tres limas, esa es Navarra.

Eskerrik asko Oier y Joanna!!


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Hay vida más allá del Gin-Tonic

No sólo de gin-tonic vive el hombre. Aunque lleva ya demasiado tiempo siendo la bebida de moda (¿por qué?), como bebedor responsable sigo sin verle demasiada gracia. No digo que esté mal, pero creo que se han sacado las cosas de quicio: botellas numeradas que valen más que el líquido que contienen, tónicas de nombres impronunciables, frutas, pepinos, semillas. Hasta te lo llegan a servir en una copa de coñac a la que rocían con hidrógeno líquido, como si te fueran a transplantar un riñón.

Lo bueno de los cócteles es que, además de saber ricos, evoquen algo bueno o interesante, no que contemples con mezcla de fascinación y terror cómo el camarero se mueve como el Dr. Frankenstein por su laboratorio. He ahí el humilde Destornillador, producto del aburrimiento de unos marineros rusos, que transportando naranjas y vodka a Cuba, embarrancaron y mezclaban zumo y vodka con sus destornilladores, esperando al rescate. O, como dicen otras fuentes, invento de los aguerridos obreros estadounidenses del petróleo, que dejaban un destornillador en los vasos con bebidas alcohólicas para no beberlos en horas de trabajo.

Uno de mis favoritos es un cóctel con mucha historia, el Long Island Ice Tea, un cóctel de bebidas blancas con un chorrito de Coca-Cola, que aparentaba ser té helado para poder beberlo en tu porche durante los tiempos de la Prohibición en los EEUU. Pese a parecer una bomba al conocer los ingredientes, es sorprendentemente suave y fresco. Ideal para una noche en buena compañía y de largas conversaciones.

Otros cócteles nos evocan ambientes de novela policiaca, como el Gimlet: ginebra y lima que han bebido novelescas mujeres fatales y decadentes hombres sin pasado. Aparte de que sentimos una lógica debilidad por las limas en este blog.

Uno de los más famosos es el “Vesper” o “Dry Martini” de James Bond, reflejo de la afición de Ian Fleming por las bebidas fuertes. La receta, puesta al día, sería: una medida de vodka Stolichnaya, tres de ginebra Tanqueray, media de vermouth Cocchi Americano (en el original eran ginebra Gordon’s y Kina Lillet, pero cambiaron su receta hace años). Se agita enérgicamente en una coctelera helada (se supone que para “oxigenar” la bebida) y se sirve en una copa de cóctel o de champán con una fina corteza de limón retorcida, para que suelte poco a poco su sabor amargo. ¡Nada de removerlo con la varilla! Pese a las malas traducciones, Bond siempre lo pide agitado en coctelera, no revuelto con varilla. Es un “pelotazo” en toda regla, así que se aconseja beberlo despacito y a pequeños sorbos.

Si lo que te gusta del actual “hype” del Gin-tonic es precisamente que se añaden un montón de ingredientes poco habituales, he aquí algo que no puedes dejar pasar: el Bullshot. Un cóctel de consomé de ternera con vodka, pimienta, perejil, salsas tabasco y Worcestershire. Ideado por los vaqueros más duros.

Si quieres una bebida con más leyenda, ¿qué mejor que un Margarita? Puedes sorber la mezcla de tequila, limón y triple seco tratando de averiguar si la Margarita a la cual está dedicada es Margarita Henkel, hija del embajador alemán, Margarita Carmen Cansino (luego conocida como Rita Hayworth), la actriz Marjorie King o la dama de la alta sociedad Margaret Sames. Tal vez nunca sepamos la verdad, porque los publicistas de las casas de licores reescriben a su gusto las historia de los cócteles.

Así que ya sea por historia, potencia de la bebida, ingredientes poco habituales, elaboración o sabor, hay alternativas al sobrevalorado gin-tonic actual. Todos cócteles de tres limas de las nuestras.  Y si os interesa, otro día volvemos a abordar la fauna coctelera ¡siempre con moderación!


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EL GAZPACHO, un producto de tres limas

Ahora que llega el verano y los mapas del tiempo tienden a ser amarillos es la época en la que por arte de magia el gazpacho invade las pizarras de los menús del día. Desde el norte hasta el sur de la geografía española los propietarios de millones de restaurantes tienen un plato menos en el que pensar, junto con los espaguetis boloñesa (dicho sea con todo el respeto hacia los de mi madre) y el revuelto de lo que haya en la nevera, el gazpacho siempre es una buena opción.

Por eso, dentro de la categoría de productos de temporada hoy hablamos de esta sopa fría que ha sufrido más variaciones que el mismísimo Yesterday de los Beatles.

Imagen de Cadena Ser

Se dice que el Gazpacho tiene su origen en unas papas que comían los campesinos del sur hechas a base de pan, aceite de oliva y vinagre, sólo así se puede explicar que consideren al ajoblanco que es una crema de almendra, pan, aceite y ajo un primo del gazpacho. Con los años (y en función de la zona y de la abundancia de hortalizas) se le han ido sumando ingredientes, el tomate, el pepino, la cebolla.. y de ahí a la codorniz, el huevo o el pimiento.

Cada región ha hecho su aportación a esta sopa… y luego han estado los Manchegos que más que aportación le han dado un giro de 180 grados, si un día de calor asfixiante os sentáis en una terraza y pedís un gazpacho manchego, sentimos comunicaros que os vais a encontrar un fantástico guisote caliente que bien hecho es una delicia pero que no va a satisfacer vuestra aspiración de un trago refrescante. Pero hasta el propio Don Quijote lo comía!

Dentro de la escala con más pan y más calorías aparece el Salmorejo inicialmente propio de Córdoba, la porra antequerana e incluso el arranque roteño (que en cierto modo podría sustituir al bocata de la merienda).

Hace unos años, no muchos, llegó la última moda de los gazpachos que todavía colea… los gazpachos de frutas  y veíamos en los restaurantes más modernos que servían gazpacho de melón o de sandía… o de cereza o de fresa. Muchas veces deliciosos y otras muchos tan empalagosos que con que lo sirvieran en vaso de chupito hubiera sido suficiente.

La verdad es que es un plato socorrido, puedes hacer hectolitros, guardarlos en la nevera e ir sirviéndolo poco a poco, tiene poco secreto y más barato imposible… sin embargo, pese a tener todas las condiciones para el éxito en demasiadas ocasiones es un horror, las proporciones no son un asunto fácil y puedes correr el riesgo de que el Gazpacho se te repita durante 36 años como al de la noticia.

Internet está lleno de recetas, de trucos como el de espesar el gazpacho con una cucharada de mayonesa o de tropezones que le darán el toque especial, sea lo que sea, por favor, hacedlo a pocos, no nos salvéis de los vampiros porque no creemos en ellos y no hagáis que el salmorejo sea una salsa que cubre los huevos cocidos con jamón, superado este requisito tendréis un producto de tres limas.


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LA LAMPREA, una monstruosa tradición milenaria.

En muchas, pero muchas muchas ocasiones me he preguntado cuánto hambre tenían que pasar nuestros antepasados para acabar probando según qué cosas… Es claro que esto de la comida es cuestión de usos y costumbres, pero no me digáis que un centollo, que es la versión marina de una araña mutante, de primeras os resulta apetitoso o un brocoli que es lo más parecido a la reminiscencia de un yo oveja pasado, o los caracoles, o los callos o mil y una cosas más en las que sólo reparamos cuando las vemos en los documentales de viajes y pensamos aquello de… ¿cómo pueden comer gusanos? aarrgg.

Una de esas cosas es la lamprea, un bicho del jurásico, con forma de serpiente y, zoológicamente hablando, más similar al pez que a otra cosa, nace en los ríos, llega hasta el mar… y vuelve a los ríos. Un simpático animalito que vive de chuparle la sangre a otros peces como el bacalao, el salmón o el majo tiburón. Esto lo consigue con una boca llena de ventosas, dientecillos y una lengua que podría provocaros pesadillas durante los próximos diez años. Razón por la cual no pienso poner aquí una foto de su boca… al final soy una tía considerada.

Se pesca, y se come, tanto en Galicia como en el norte de Portugal e incluso en alguna zona de Francia, pero os garantizo que nunca he visto tal devoción como la que le procuran en el Sur de Galicia. Durante su temporada, desde enero al primer canto del cuco (allá por finales de abril) los aficionados peregrinan al epicentro de la fiebre de la lamprea, los ayuntamientos ribereños del Miño.

Pescarla es todo un arte… desde la lanza a mil y un aparejos de captura, incluso algunos de ellos instalados en los propios ríos con piedra y provinientes de sus primeros degustadores, los romanos. Tanta historia porque el bicho es conveniente atraparlo vivo, conservarlo en pilones y matarlo y dejar que se desangre en la propia cazuela… muy romántico todo, ¿no creéis?

Se puede comer de muchas maneras… rellena, con chocolate, frita, pero la más tradicional y habitual es a la Bordelesa (o como ya os contaba antes… en su propio desangre, con vino y cebollita) acompañada de arroz blanco y picatostes. Una ración cuesta entre los 30 y los 70 euros por persona, una ocasión especial claramente. La cuenta todavía sube aún más ya que lo habitual es acompañarlo de una mini ración de angulas (producto que se cotiza a unos 600 euros el kilo).

Su sabor es extraño, muy intenso y extremo… puede apasionarte o puedes odiarlo, pero es difícil que te deje indiferente y, al menos una vez en la vida hay que probarla.

En cualquier caso es una tradición milenaria que bien merece la atención limonera, un puntazo para los buscadores de emociones fuertes y una excursión muy recomendable para primeros de año por sus verdes y frondosos paisajes. Dos limas bien merecidas.

Lamprea